No puedo dormir
me sueño que has muerto
Extremoduro
De tu muerte no se ha dicho lo bastante. No se ha hablado de las causas, de las formas, ni de los por qué. Al contrario, de tu vida se ha hablado en exceso: de tus sueños, de tus logros, de tu rostro, de tu cuerpo. Yo, de tus defectos, tus errores, tus derrotas.
Entonces hablo de tu muerte.
Cuando estás muerto se habla de tu vida, de tu existencia, de cosas que no hiciste ni quisiste: ahora, muerto, sería un gran escritor, un excelente profesor, un mediocre diletante si los otros lo quisieran. Si hablara de tu vida qué diría. Únicamente en tu muerte se habla de tu vida. Entonces hablo de tu muerte para que me hables de tu muerte nada más, no quiero más. La paradoja está servida y si hablo de una muerte es porque aún no empieza: si hablara de la vida afirmaría aquella muerte.
No creo en tu suicidio, ni en tu accidente, ni en tu virulencia, ni en tu aneurisma, ni en tu guillotina, quizá creería en tu agonía.
¿Y en el dolor?
¿Estuvo contigo el dolor? Lo vi a tu lado: te mordía las rodillas.
Decías, recuerdo, que te dolía el pecho. Pero, no era dolor el de tu pecho, era el horror de la vida que se te escapaba. ¿Pero tú sentías el dolor? Aquel dolor del que te hablo, ¿lo sentías?
Yo veía tus rodillas con múltiples mordidas y tu tomándote la cabeza hablabas del tormento.
¿Pero hablabas de ese tormento que yo conozco?
¿Ese que imagino como un cojín rojo caído en el suelo, destellante, tórpido? ¿Era ese tu tormento? El tormento de morir a medias, de no morir lo suficiente, de que la vida no encontrara su escape. ¿Era ese tu tormento? Porque recuerda que hablo de tu muerte y no me importa eso que decías esta mañana, no me importan las sonrisas, ni las lágrimas; ni los besos sacarinos.
¿Y el movimiento?
¿Por qué agitabas absurdamente los brazos? Meneabas las manos buscando apoyo y cuando lo encontrabas en mis manos huías de ellas saltando entre las sábanas de tu sangre.
Te dolía la vida, es verdad; más de lo que me dueles. Y ahora estás aquí, junto a mí, y no quiero pensar en explicaciones fútiles, absurdas o fantásticas. Simplemente estás aquí. Te he invocado. ¿Ves que sí funciona hablar de la muerte?
Sé que estás sentada en mi cama mientras tengo la mirada fija en el papel. No me atrevo a mirarte aunque, estrábico, mi ojo izquierdo te observa atentamente. Te mueves, haces traquear las tablas de la cama y tu sombra baila al vaivén del mirto de afuera. Entonces digo:
—Quiero escribir tu historia.
Y tú me dices, evasiva:
— Si yo escribiera tu historia tendría que empezar diciendo que de tu muerte no se ha dicho lo bastante. No se ha hablado de las causas, de las formas, ni de los por qué. Al contrario, de tu vida se ha hablado en exceso: de tus sueños, de tus logros, de tu rostro, de tu cuerpo. Yo, de tus defectos, tus errores, tus derrotas. Entonces hablo de tu muerte.
08. I. 09
Etiquetas: Cuento, Literatura
Enero 15, 2009 a las 2:34 am
Me encantó el escrito, me gustó mucho como nos lleva y nos trae trabajo.
Enero 21, 2009 a las 6:27 pm
Curioso texto… Está bien, sí señor. Por algún otro artículo de tu blog he llegado a la conclusión de que te gusta escribir, y la correcta escritura; así que te aviso de que eso de “los por qué” no tiene cabida en tu espacio; los porqués ya los conocerás!
Marzo 19, 2009 a las 9:24 pm
hola mucho gusto me llamo karyn, tengo 20 años, tambien escribo, tengo el gusto de decirte que me encanto tu escrito mas que un escrito transformado a relato a la vida a la muerte a lo infortunio a la risa al llanto y al que pensar. te dejo uno de mis poemas mas presiados.
es insonio lento
Insomniolento es tu nombre
Insomniolento desespero
Insomniolento es el nombre
Que he dado A tu desespero
Vivimos en el constante estar o no estar
Vivir o no vivir
Llorar o reír
Insomniolento es mi vida y tu vida
Nos mato el insomnio
Asiéndonos presos del sueño
Presos de la vida que tenemos que vivir
Presos de algo que tal vez no queremos vivir
Insomniolento son tus besos
Insomniolentas tus caricias
Insomniolentas tus palabras
Que desvivo y no duermo por tal vez un día escucharlas
Vivo en el insomnio de un sueño sin dormir
De una vida sin vivir, de un querer sin aprender a amar
De un amar sin aprender a odiar.
Insomniolento es mi amar